La paridad
 
 
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ocas estupideces me ofenden tanto últimamente como la de la paridad de la mujer. En su nombre me ofenden un montón de estúpidas que estos años han alcanzado cierta condición "relevante" similar a la que produce elevar un florero de un todo a cien a la categoría de adorno de mesa de burgueses. Para colmo, cuatro o cuatrocientas descerebradas las invocan como ejemplos de hasta donde puede y debe llegar la mujer por su condición de serlo. Solo les asiste el derecho de que siendo todas tan cretinas, también ellas tendrían derecho a chupar de la teta.

Allí de donde hace ya tiempo me fuí conozco a unas cuantas. Su proyección confronta violentamente. Por ejemplo, sé de una que la han colocado como guarda-agujas de una colección de trenes en miniatura, mientras que a otra la han convertido en la abanderada de las causas de las mujeres a las que la sociedad golpeó y maltrató con especial virulencia y crueldad. Lo de la primera es puro frenesí, lo de la segunda ofrece escasa credibilidad y mucho morro. Lo de esta última es política pura, lo de la de los trenes es pura cara dura.

Sé de otras que prefieren realizarse en la sombra, materia gris en aquel dicho de que tras todo gran hombre existe una gran mujer, aunque una parezca la radiografía de la mala leche y la otra una paisana cualquiera. Han llegado a gobernar y a ejercer desde la penumbra. A ellas no les interesa tanto la paridad como ejercitar su sombra en las escasas luces que sus maridos son capaces de proyectar. Cortas luces las suyas pero largas sus sombras, eso sí. Mujeres fatales y señoras venerables a un mismo tiempo, madres y esposas abnegadas de políticos con enormes responsabilidades, a las que solamente unos instantes al día les bastan para atornillar al cónyugue. Solo las desesperará que nunca se les reconozca, que siquiera llegue a saberse de ellas y hasta donde son capaces de llegar, como a un hacker acaba delatándole que el mundo ignore quien fue el genio que un dia reventó las contraseñas del Pentágono.

No me interesa semejante engendro y me revienta esa paridad que invocan los políticos cada vez que toca a elecciones. La elección está hecha de antemano: unas cuantas que jamás han de cuestionar el sistema, que durarán lo que duró una barbi con vitola de alcaldesa de Santiago y una respetable señora de Lugo que aún sigue planteando dos incógnitas, cómo pudo llegar a ser conselleira y cómo duró tanto. Hay muchas más. Están en cualquier parte de Galicia, de Aragón y de Castilla, en la misma Madrid.

Y me revienta más lo de la maldita paridad porque, al margen de que valgas lo necesario o ni la mitad de lo que sería preciso, todavía hoy sigue siendo más fácil si ejerces la condición heredada. La mía hubiera servido, de sobra, para conseguir lo que quería con solamente abrirme de piernas en el despacho adecuado o desabrocharme solamente un botón más de mi blusa. No digo que la diferencia entre las que no lo hacemos y las que forman parte del tinglado de la paridad radique en que ellas sí y nosotras no, sino, simplemente, en que nosotras creemos en nosotras mismas y en que tiene que ser suficiente y ellas en lo que haga falta.
 
     
 
Enero de 2005