EL HOMBRE
Después de Regueiro la montañosa localidad de Rebordechao, en el Concello ourensano de Vilar de Barrio, constituía el segundo escenario de nuestro trabajo de campo sobre las correrías de Romasanta.
Rebordechao se asienta como parapetada de los vientos del Norte al final de las escarpadas laderas de la abrupta
montaña que por esta cara representan las cumbres del San Mamede. Es un conglomerado de casas apiñadas entre las que discurren angostas callejuelas, sobre las que vuelan corredores entre unas y otras por los que los paisanos se comunican sin necesidad de salir al exterior. Aquí los inviernos son duros y lo veranos trabajosos, afanadas sus gentes de sol a sol en llenar los graneros de las bestias y en recoger las cosechas. Por Rebordechao bajan las primeras aguas del Arnoia, nada más nacer solo unos metros ladera arriba, todavía escasas, absolutamente limpias, cristalinas.
Al contrario de lo ocurrido en el Regueiro natal del innombrable Romasanta, en Rebordechao las gentes son prolijas en comentarios de “O do Unto”, “O Sacamanteigas”, que es como por aquí lo nombran. El veterano Silvestre, un paisano tan enjuto como pequeño de estatura pero parlanchín empedernido en la tasca del lugar, aseguraba que “O do Unto” tendría su estatura. Pero también aquí el testimonio oral como Silvestre no son ajenos al paso del tiempo, se disipan, y cada vez son menos lo que pueden contar de "O Lobo da Xente".
Las gentes de Rebordechao nos revelan, además, que es conveniente reparar en la existencia de otro lugar que, aunque no es un pueblo exactamente, lo parece, y prestó cobijo en su momento a Romasanta. Se trata de A Ermida.
A Ermida se ubica un poco antes de Rebordechao, por la carretera sin salida que conecta hasta la falda del San Mamede desde la localidad de Prado.
Un puñado de petreas y vetustas casas, la gran mayoría de ellas destartaladas por el paso del tiempo, conforman esta localidad que pueblan las vacas. Establos en su planta baja, mientras los aperos de labranza de los paisanos comparten con las viandas de los animales la planta superior de las casas. A Ermida pertenece a Rebordechao, y los vecinos nos advierten que, a pesar de las apariencias, en este lugar nunca nadie vivió. A excepción de las mentadas, las vacas, y durante un tiempo Romasanta.
Fue cuando “O do Unto” arribó a estas apartadas tierras de la montaña ourensana en una primera y prematura huída de la justicia. Corrían finales de 1843, a lo sumo principios del 44, siempre antes de la sentencia de 10 de octubre de este año, 1844, que producían los juzgados de León tras juzgar a Romasanta en rebeldía.
Pero quién, cómo era, qué aspecto tenía aquel que darían en llamar sus convecinos “O Home do Unto”, “O Sacamanteigas”, antes de que él mismo dijera a la justicia tornarse lobo y en tal estado haber devorado a trece personas.
Contrario a todo prejuicio y la general percepción de que un ser así ha de tener más de monstruo que de humano, Romasanta era un hombre normal en su época, un paisano casi como cualquier otro sino fuera porque los de su género le reprochaban cierto amaneramiento, mucho tiempo en las cocinas y demasiada habilidad con las “cosas de mujeres”, pío y devoto hasta llegar a empalagar, amigo de los curas en general y del de Rebordechao en particular, mañoso con los oficios, equilibrado en respuestas y comportamientos y siempre dispuesto a ayudar a cualquier vecino.
Al contrario de lo ocurrido en su Regueiro natal, en Rebordechao la abundancia en historias sobre nuestro hombre representó casi el tiempo que quisiéramos de la agradable compañía de los paisanos, y también algunos tragos.
UN TIPO MAÑOSO
Romasanta debió aprender a temprana edad que no siempre es cierto aquello de “aprendiz de todo, maestro de nada”. Al contrario, tan de repente como se echó al camino con una mulilla y su tienda ambulante tirando por la borda los años de sastre y su primer oficio, debió de caer en la cuenta cuando distrajo a la justicia en A Ermida, que para entrar en Rebordechao lo mejor sería hacerlo por las cocinas, si era necesario.
A finales de 1844, Romasanta se dedicó una temporada a trabajar la lana. No le importó que los hombres del lugar murmuraran porque uno de su género se dedicara a tan impropias tareas de hombre como eran cardar la lana, hilar y calcetar. Ya ser sastre en aquella época no era oficio de mucha consideración entre los hombres, pues ya Risco matizaba que “na consideración dos nosos paisanos, ven a ser cousa intermedia entre muller e home”.
Ya desde los años de su mocedad se había dicho que Romasanta era un poco afeminado. Como quiera que fuera, el fin debía justificar tales medios y “O do unto” no reparó en ello.
La maña que Romasanta se daba con las más variadas labores revelaba una excelente disposición para el aprendizaje. Su voluntariedad y un bien llevado afán por agradar a los paisanos, lo hicieron ganar adeptos en Rebordechao en no demasiado tiempo. Y para completar el proceso no dudó un ápice en aliarse con el clero.
Romasanta no se perdía un solo oficio litúrgico, incitaba a aquellas gentes a rezar el rosario, llamaba a misa cuando era dado y aún rechistaba a aquellos que no cumplían con los preceptos de la Iglesia. Así acabó gozando de tanta estima entre las gentes de Rebordechao, como de buena reputación a los ojos del abad de la parroquia.
Transcurrido un tiempo cuya extensión no se ha podido determinar, Romasanta se puso a servir en Rebordechao en la casa de Don Andrés Blanco. Luego, según confirmaría él en el proceso judicial abierto con posterioridad, se mudó a otra y empezó a hacer vida por su cuenta. Según el testimonio de algunos, en la de un tal José Fernández, mientras otros lo situaron en la de un tal Cabelán. De cualquiera de los dos, e incluso de si Cabelán pudiera ser el apodo del tal José Fernández y ambos la misma persona, nada se ha pudo concretar.
El extenso abanico de actividades desplegado por Romasanta en los días de “trinchera” en A Ermida, por mucho que evidenciaran la versatilidad de este hombre, su maña y su capacidad para aprender, no han de ser tomados como oficios ni llegarían a suponer que “O Lobishome” no volviera a la actividad con la que había llegado a las tierras altas de Ourense. Transcurrido algún tiempo, Romasanta volvió a hacerse al camino de nuevo con su tienda ambulante.
Tampoco lo sería el de cedacero, porque lo que Romasanta dijo ser al alcalde de Vilariño de Conso el 8 de febrero de 1852, no tenía por qué ser más cierto que la falsa identidad con la que obtuvo un pasaporte para salir del Reino de Galicia: Antonio Gómez, vecino de la localidad de Nogueira de Montederramo. Y al igual que en Rebordechao hiciera con las labores de la lana, se dedicó un tiempo a echar tachuelas en tierras castellanas, concretamente en Nombela, provincia de Toledo, hasta donde había llegado Romasanta poniendo tierra por medio cuando ya en la suya corría como un reguero de pólvora el rumor de que había destripado a nueve personas para vender sus grasas en la botica portuguesa.
ALIAS, TENDERO
Cuando ante la justicia hubo de dar cuenta de lo que se le reclamaba, Romasanta se dijo "de profesión Tendero". Con su tienda ambulante recorrió tierras mucho más allá de Ourense, desde las portuguesas de Chaves hasta las de León y Castilla. No era el único de su familia.
Aunque se desconoce si fue introducido en el negocio por alguno de sus hermanos o fue él quien los metió en esto, fueron dos de ellos quienes satisficieron la deuda de 600 reales que Romasanta contrajo en Ponferrada con el comercio de Don Miguel Sardo.
Como ambulante, los caminos de Romasanta se diferencian según se trate de los años que fueron desde la muerte de su esposa hasta su aparición en Rebordechao, o la etapa que como buhonero "O do Unto" reabrió tras avecindarse en estas tierras. El incidente que produjo la muerte del alguacil de León, Vicente Fernánez, marcó dos etapas de su actividad como tendero.
En la primera, Romasanta llegaba con facilidad a Ponferrada. Compraba con cierta asiduidad mercancía en el comercio de Don Miguel Sardo, donde tuvo cuenta y, como queda dicho, una deuda de 600 reales. Por tierras leonesas avanzaba el de Regueiro todavía más en la ancha Castilla, y por el norte habría llegado en ocasiones incluso a Santander.
Cuando desde Rebordechao "O do Unto" decidió volver con su tienda, Romasanta se prodigó por las vecinas tierras portuguesas. En los comercios de Don Francisco Morais y un tal Sr. Domingo, ambos de Chaves, el ahora vecino de Rebordechao se aprovisionaba sobre todo de paño, género que le reportaba pingües beneficios para la época entre las gentes del lado de acá de la "raia".
El de Portugal era territorio tranquilo, ajeno al incidente del alguacil de León, y el lugar donde el negocio acabaría siendo realmente boyante si, como acabaron diciendo los paisanos, el paño que Romasanta traía a España era la tapadera del unto, la grasa de aquellos que mataba y que vendía a la botica lusitana.
UN TIPO NORMAL
Por mucho que los paisanos se prodigaran en la transmisión oral de que "O do Unto" era "un tipo normal para la época", o que el bueno de Silvestre de Rebordechao se empeñara en que lo tomáramos a él como el referente de que Romasanta era "tan pequeniño coma min", es obvio que esto no era ni mínimamente serio ni suficiente para intentar, al menos, la reconstrucción fisonómica de aquel sujeto.
Por contra, los facultativos de Allariz sí se habían prodigado en examinar, tanto física como mentalmente, a aquel que ante la justicia ya había confesado haber matado a trece personas transformado en lobo.
Todo este material documental forma parte del extenso legajo 1.788 instruído para la causa incoada a Romasanta, y que obra en el Archivo del Reino de Galicia de A Coruña. Concretamente el referido informe de los facultativos de Allariz, a la postre sumamente contestado y cuestionado por la Defensa de Romasanta, obra en la pieza primera y extracto del mencionado legajo.
Con lo datos que nos fue posible recoger, Luis García Mañá logró establecer la siguiente reconstrucción fisonómica de Romasanta.
RECONSTRUCCIÓN FISONÓMICA
Por LUIS GARCÍA MAÑÁ
La reconstrucción fisonómica de una persona que ha vivido hace unos 130 años, resulta harto dificultosa si no se cuenta con una descripción seria y profesional. Esta descripción en un momento como aquel, a pesar de que estuvieran de moda en España las teorías positivistas, no era habitual entre técnicos forenses. No obstante, en el caso que nos ocupa existen unas referencias parciales que pueden dar la pauta para acometer el trabajo de reconstrucción.
El resultado gráfico obtenido no debe de ser estimado como perfecto ni mucho menos. Antes al contrario, debe de verse en él una posible aproximación gráfica a la imagen real del sujeto, tan sólo coincidente en las características generales. Sin embargo, al interpretar algunos de los datos recogidos en los análisis forenses, nos llevan a confiar en que el trabajo final obtenido sí puede aproximarse con algunas limitaciones a la realidad.
Se trata de un hombre de unos 43 años, muy bajo puesto que medía 5 pies menos una pulgada (lo que traducido a metros sería. 1,37), su tez morena clara, ojos castaños claros, pelo y barba crecida negra y semicalva la parte superior de la cabeza (probablemente como efecto no sólo de la edad, sino también de usar sombrero). Su fisonomía no resultaba violenta ni repugnante, al no poseer rasgo característico alguno. Según los forenses su mirada era dulce y tímida, pudiendo volverse feroz y altiva o forzosamente serena. Su temperamento era bilioso y su desarrollo corporal se manifestaba de forma regular dentro de |
su limitada estatura.
Al parecer disfrutaba de buena salud.
Entre los caracteres más destacables a los fines de este trabajo, destacan un resalto no muy considerable de la proporción escamosa del temporal, así como un ángulo facial de 82º de apertura por efecto del abultamiento de los senos frontales, bastantes pronunciados. Su óvalo craneal medía 22 pulgadas (50,6 cm.), el óvalo de la cara 23,9 pulgadas (54,9 cm.), la apófisis mastoides presentaba un arco de 9 pulgadas (20,7 cm.) y del arco dentario al alto de la frente iban 6 pulgadas (13,8 cm.).
De todo ello, con un esfuerzo de buena voluntad y sin ánimo de defraudar, aunque considerando que puede haber alejamiento de la realidad, se ha obtenido la imagen gráfica fisonómica que se adjunta. |
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