de 1813 en Rebordechao. Era hija de Crisanto Rúa y de Benita Caneiro . Su primera hija, María Dolores, la tuvo a los 26 años. La segunda, Peregrina, nació en 1847, cuando la madre andaba sobre los 34 y Romasanta ya paraba por Rebordechao.
Las relaciones de Romasanta con "A Vianesa", no solo tuvieron que producirse a partir de la llegada del buhonero a Rebordechao es decir, a partir de finales del 43 o principios del 44, sino que además no pudieron conocerse hasta al menos la desparición de Manuela García, en el otoño del 46, con quien primero mantuvo relaciones sentimentales el tendero. A diferencia de aquella, nunca se supo que la Rúa le acompañara con la tienda.
También a diferencia de las García Blanco, la Rúa sí era una mujer bien provista. A la muerte de su madre, Benita Caneiro, el 6 de julio de 1845, ella y su hermana,Josefa, habían heredado bienes que, en el caso de "A Vianesa", fueron tasados al ser vendidos en 600 reales. Romasanta no ignoraba esto, pero por entonces Manuela García se encontraba todavía entre lo vivos. 
No habían pasado cinco años desde que Antonia había heredado, cuando ya Romasanta había dispuesto la colocación de su nueva clienta. Y sorpresa, Antonia Rúa no necesitaria hacer tan largo camino como el que supuestamente habían hecho las García Blanco, porque hallaría acomodo en Ourense, sin salir de la provincia. Eso sí, también buen amo, buena casa y mucha mejor vida de la que nunca llevara en Rebordechao.
En este caso procedió "O do Unto" con mayor previsión e incluso meticulosidad a la hora de hacerse con las pertenencias de la Rúa. El 22 de marzo de 1850, Antonia Rúa dió al buhonero una cédula por la que le vendía en los mencionados anteriormente 600 reales aquella herencia que le quedara de su padre a la muerte de la madre. Ante algunos testigos, Blanco dió a la Rúa únicamente 9 duros. Otros cinco dijo tenerlos en calderilla. Había confianza entre las partes y se quedó, según las diligencias judiciales y a tenor de los testimonios de aquellos testigos, de la siguiente forma:
“Los testigos de esta venta la reconocieron como cierta, expresando que en el acto del contrato entregó el Blanco sólo nueve duros y dijo que otros cinco los tenía en calderilla; que si los quería la Antonia se los traería; pero ésta expresó que la redujera a plata, y se dió por entregada de una onza de oro”.
Aquella cédula simple todavía la conservaba Romasanta entre sus papeles dos años y cuatro meses después, cuando a finales del mes de julio de 1852 era descubierto y detenido en Toledo.
Tres días después del Domingo de Ramos de aquel año, 1850, Antonia Rúa y la hija menor, Peregrina, partieron desde Rebordechao en compañía de Romasanta para servir en una casa de Ourense donde el tendero las había buscado acomodo. Nadie supo decir qué camino tomaron los tres, si subieron hacia la sierra o bajaron con el río en dirección a Ermida. Coincidieron los vecinos en que el buhonero ya volvió a aparecer en Rebordechao a los pocos días dando razón del paradero y el acomodo de madre e hija, porque el viaje había sido corto esta vez.
En efecto, fue más corto de lo que nunca hubieran imaginado madre e hija y terminó muy cerca de donde habían quedado las vidas de Manuela y Petra, en el bosque de As Gorvias no lejos de A Redondela. Romasanta había vuelto a coger ladera arriba por los caminos que enlazaban Rebordechao con Fontedoso, A Mogainza, Mazaira y Gabín, todos pueblos del vecino municipio de Montederramo. Otra vez, a merced de su enfermedad y de su transformación en lobo, las había degollado.
Antonia tenía entonces 37 años y Peregrina era una cría de no más de 3. La otra hija, María Dolores o María, como la llamaban sus paisanos, no llegaba a los 11 y la dejó la madre a su partida con sus tíos, Josefa y Lino González.
Tras la aparición en Rebordechao del tendero a los pocos días de su partida con la Rúa y su hija, Romasanta no descuidó seguir llevando a las tierras de Laza más nuevas sobre la próspera vida que a las García Blanco les había procurado en tierras cántabras. A los de Rebordechao, "O do Unto" les contó ahora de su intención de contraer matrimonio con Antonia Rúa, quizá en un intentó más de no levantar la mínima sospecha sobre la verdad de lo que estaba ocurriendo.
Como queda dicho, la partida de "A Vianesa" se había demorado y el ritmo de las colocaciones se había roto. Habían transcurrido tres años, y en Laza seguía esperando la Josefa con su hija. La mujer no veía llegar el día en que poder abrazar a sus hermanas y a sus sobrinos.
Según diría el propio Romasanta a la justica, degollar, desgarrar a sus víctimas, devorarlas, matar en suma, no era algo gratuito sino producto de su enfermedad y de la irrefrenable necesidad de hacerlo. No estaba, por tanto, a su libre albedrío. Por contra, procurar que todo aquello no acabara sabiéndose era una labor tan constante como minuciosa, un esfuerzo considerable de coherencia en sus palabras, de continuidad en sus actos y de lógica en la trama hasta de cualquier situación imprevisible.
Y en Laza, la Josefa estaba impaciente por partir a donde sus hermanas. |