JOSE Y JOSEFA, LOS ÚLTIMOS DE LOS LAZA

 
 
      Josefa García Blanco había nacido el 26 de Agosto de 1801. Cuando José nació, Josefa iba camino de los 28 años.
      La vida de madre e hijo transcurrió, como la de su hermana Benita en las tierras natales de Castro de Laza. Pero a diferencia de Benita y de Manuela, el matrimonio de Josefa fue un misterio. En todas las indagatorias practicadas en el proceso judicial, por ejemplo, no se logró precisar quIén era y de donde prevenía un tal Pazos, y en qué punto se hallaban las relaciones matrimoniales que, oficialmente, existían entre ambos.
      Josefa era en la descendencia García-Blanco la que seguía a Manuela, un año y medio más joven que ésta.
      En todo el tiempo transcurrido desde la partida
 
 

de las dos hermanas, Romasanta no había dejado de acudir junto a las García Blanco para llevarlas excelentes noticias en relación con las colocadas y sus vástagos.
      El 22 de junio de 1850, solo seis meses después de la partida de Antonia Rúa y su hija, Romasanta llevó a Josefa la que iba a ser la misivia decisiva para la partida de otro de los de Laza.
      Porque en esta ocasión, madre e hijo hicieron el viaje por separado, de uno en uno, primero José y luego la madre.

      Pudo haber influído en el cambio de estrategia, el hecho de que el hijo de la García Blanca ya no fuera un chaval sino un mozo, tenía 20 años.
      Con todas las bendiciones que la madre pudo darle, salieron José y “O do Uno” de las tierras de Laza el 12 de octubre de 1850. Al poco se los vio en Camba, la localidad más alta de las del municipio de Laza. El paso de los dos hombres por este pueblo a partir de donde los caminos se meten en plena sierra hasta abocar en O Invernadeiro por su parte más alta, no dejó más rastro, se los vió y poco más. Y ya no se los volvió a ver juntos.
      José Pazos García, el hijo de Josefa García, también murió en el bosque de As Gorvias, donde en marzo de aquel año habían muerto Antonia Rúa y Peregrina. Su muerte no había diferido en nada de la de sus tías y primas, a decir del propio Romasanta. Lo que resulta difícil de razonar es por qué ambos hombres llegaron hasta Camba, cuando el destino de José era aquel de Montederramo que “O do Unto” ya había escogido para los devorar a otras víctimas que le habían precedido.
      El José había partido con lo puesto como quien dice. A diferencia de otras víctimas, el mozo no llevaba ni siquiera un saco con ropa. Su viaje era como una avanzadilla del de la madre, y ambos habían acordado con el tendero que si lo que se encontraba José en Santander no le convencía, volvería a Ourense con su madre.
      Las pertenencias de Josefa García eran todavía más y mejores que las de la Rúa, la empresa de Romasanta pagaba la pena cuanto tacto mostraba ahora el tendero. Con aquella carta de fecha de 22 de junio de 1850 había conseguido que Josefa se decidiera a hacerle una primera entrega de dinero, al tiempo que empeñaba una tierra. Pero aún la García no estaba lo convencida que Romasanta necesitaba, porque tuvo “O do Unto” que rematar la faena. Lo consiguió con posterioridad a la fecha del 12 de octubre de aquel año, la mencionada de la partida de su hijo: José le pedía a su madre que se fuera a Santander, que él ya se quedaba allí, y que lo hiciera provista de recursos porque el nuevo destino pagaba la pena. No había duda, luz verde a las pretensiones de Romasanta. Y aquello se convirtió en algo parecido a una liquidación de existencias por siniestro.
      Josefa vendió entonces un carro en 8 duros, una cerda en 5, una vaca y un terreno en no se supo cuánto, ni cual vendió realmente y cual dió a Romasanta Al buhonero dió, además, un par de ferrados de maíz y 10 ollas de vino. Y tanta prisa como de repente le entró a la Josefa por deshacerse del capital, le entró a Romasanta por convertirlo en moneda de curso legal, según después pudo saberse. De que había prisa por trocar en dinero las posesiones de la García Blanco, da constancia el hecho de que el tendero vendió una vaca y su cría en menos de la mitad de lo que realmente valían las dos reses. Y en cuanto al vino, no permitió Romasanta que se le estropearan en la pipa las 10 ollas que Josefa le había entregado, las vendió a un tal Domingo Requejo en cuanto pudo. “O do Unto” había concedido máxima prioridad a trocar los bienes de la García Blanco en dinero contante y sonante.

      Los dos, hombre y mujer, salieron de Castro amaneciendo el primero de Enero de 1851, casi de noche todavía.
      Igual que Bárbara había acompañado a Benita un corto trecho de camino, a Josefa la acompañaba María, otra de las García Blanco y otra vez provista de un pollino.
Esta vez no se dirigieron a As Arruás, sino que tomaron el sendero de Correchouso. Y cuando iba transcurrida legua y media de camino y el sendero empezó a hacerse empinado, Romasanta dijo a María que sería mejor que diese la vuelta porque al asno se le iba a hacer muy cuesta arriba. Ellos harían aquel trecho a pie. Las pertenencias de Josefa iban en dos sacos bien repletos, uno de los cuales llevaba Romasanta. María aceptó el consejo del buhonero igual que lo había hecho Bárbara cuando lo había refrendado Benita, y la hermana se despidió de Josefa para volver a Castro de Laza. También ella fue la última en verla con vida.
      Josefa fue a parar también al Bosque de As Gorvias. Exactamente donde su hijo José. Exactamente degollada, según “O do Unto”, transformado Romasanta por aquel maleficio con el que el tendero aseguraba que no le quedaba más remedio que vivir desde que alcanzara los 29 años. Eso sí, reconoció a la justicia que antes de devorar a la mujer, se había apropiado de algunos pañuelos de seda, un delantal de paño fino y un navaja que no pasaba por su tamaño precisamente desapercibida, y con la que viajaba la Josefa. Fue al día siguiente de la partida, exactamente el 2 de enero de 1851. Josefa iba para 50 años.
Antes de que hubiera tomado el camino de retorno a Laza, Josefa le había recordado a María lo que ya le había dicho al resto de la familia, que Romasanta había de volver a Castro trayendo la llave que ella le daría para recoger unas ropas que había dejado en su casa.
Transcurrido el período de tiempo que Romasanta estimaba oportuno según el supuesto viaje, volvió “O do Unto“ con la llave como indicara Josefa para recoger lo que quedaba de las pertenencias de la García Blanco. Lo hizo trayendo, de paso, nuevas de todas ellas, las que ya se encontraban en Santander sirviendo en casas de acaudalados amos que les hacían tan buena vida como mayores eran las expectativas que se abrían para sus hijos. Seguía Romasanta sin variar un ápice su discurso.
Tampoco su estrategia, incluídos los errores.

      A fuerza de ser examinados, más parecen haber sido producto de su avaricia que de la presión social que “O do Unto” empezaba ya por entonces a tener que soportar.
Habían empezado a correr rumores que desembocaban en el referido apodo, “O do Unto”, y en el de “O Sacamanteigas”, pero, si bien tales habían llegado a las tierras de Laza, no se desprendió de las relaciones que siguieron en aquellos días entre Romasanta y los García Blanco, los lugares de Castro y Souteloverde y los hechos propiamente dichos, que aquellos acobardaran a Romasanta. Sí, en cambio, “O do Unto” volvió a comerter errores ya cometidos y ahora, en este caso, incluso exagerados.
      A los pocos días de la partida de Benita y Francisco, como se recordará, Romasanta había vendido a unos vecinos de Montederramo algunos efectos de aquello que de poco tenía la mujer, la ropa que viajaba en un saco con la madre y el hijo. Ahora se sabría que también había vendido a los pocos días de su partida, una capa que llevaba José. “O do Unto” lo explicó diciendo que lo hicieran, hombre y mozo, de mutuo acuerdo después de explicarle el buhonero a José que esas prendas no se estilaban allá a donde iba. Si la colcha de la Benita se la había vendido en 50 reales a un tal José Edreira de Montederramo, la capa del mozo la vendió en 70 al cura de Rebordechao. En menudo aprieto había de verse Don Pedro Cid, el cura, cuando llegara la hora de explicarse en el Juzgado de Allariz...
La chaqueta que llevaba la Josefa se supo también que la había vendido a la ama de la posada de Fontedoso, Montederramo, que también se llamaba Josefa, en 6 o 7 reales. Entre los paisanos de Mazaira, Gabín y Paredes, todos pueblos del municipio ourensano de Montederramo, colocó Romasanta los pañuelos de Josefa García. Todavía confesaría "O do Unto" que además le había cogido a la mujer 120 reales que llevaba con ella para el viaje.
La vaca que al parecer la mujer le había dado al tendero, la vendió Romasanta a un vecino de Tamicelas, una localidad próxima a Castro de Laza, valle arriba donde éste se estrecha para meterse los caminos en la montaña. No reparó demasiado en que en el lote por 260 reales fueran madre y cría, vaca y ternero. La otra vaca la vendió a un tal Jacobo, también del lugar, también por 260 reales, y sin que tuviera que darle cuentas a la Josefa porque, obviamente, ya no estaba entre los vivos.
      En fin, algo parecido a una liquidación por fin de existencias.