MARIA DOLORES, UN ASUNTO PENDIENTE
 
 
      Tuvo que llegar el momento en que la situación acabó por hacerse insostenible para Romasanta. Por las tierras altas del Macizo Central Ourensán ya eran muchos los que especulaban con un final mucho más trágico del que el tendero decía que habían tenido las de Laza y la Rúa. Pronto dejó de especularse con esto y, dándolo ya por hecho, empezaron a buscarse los móviles a las fechorías de Blanco.
 
 

      Mientras el pueblo, los paisanos de Romasanta andaban en tal, "O do Unto" pudo muy bienllegar a la conclusión de que no podía demorar su partida de allí donde había estado avecindado en aquellos años, Rebodechao. Pero antes tenía que resolver un asunto pendiente, María Dolores, María, la hija de Antonia de Rúa, la que todavía hoy se dice por aquí que era hija de Romasanta, quizás erroneamente.

      María Dolores Rúa era la primera de las dos hijas de Antonia Rúa. Había nacido en 1839, en Rebordechao como su madre y su hermana, Peregrina. Y allí había permanecido los 12 años que contaba cuando, en junio del 51, "O do Unto" decidió llevarla con su madre a Ourense, pues hay que recordar que la Antonia Rúa se había quedado a servir en la provincia sin necesidad de salir a tierras de Santander.
      A la partida de su madre y de su hermana un año y tres meses antes, marzo de 1850, María había quedado en casa de sus tíos, Josefa Rúa y Lino González. La custodia duró poco porque, a los pocos días de la partida de su madre, volvió Romasanta diciéndole a la hermana y al cuñado que él se haría cargo de la pequeña por expreso deseo de la madre. Y que tal ocurriría a la par que se hacía cargo de los bienes que la Rúa le había otorgado por aquella cédula de 22 de marzo.
      Josefa Rúa y su marido, Lino González, poco o nada objetaron a las pretensiones de Romasanta, tanto porque nada hacía sospechar que no fuera así como lo había dispuesto la madre de María, como por el hecho de que el tendero mantenía públicamente que muy pronto había de llegar el matrimonio con la Rúa, y porque Romasanta podía darle a la moza mejor vida a tenor de los recursos que el tendero había ido acumulando.
      Y así María Dolores había pasado a vivir con Romasanta, ayudando en algunas labores al tendero aunque nunca la llevara con la tienda. Con posterioridad Romasanta ocupó a la pequeña en el cuidado de un rebaño de castrones que "O do Unto" tenía en la sierra.

      Quizás por eso nunca existió constancia exacta del día en que María Dolores desapareció de Rebordechao y aquellas gentes podían haberla echado en falta. Romasanta aseguró que fue en el mes de junio de 1851 cuando decidió llevarla con su madre. Eso fue precísamente lo que dijo a las gentes de Rebordechao cuando, pasado algún tiempo, empezaron a preguntarle por la niña: la había llevado con su madre.
      María Dolores Rúa fue degollada en el bosque de A Redondela, allí donde hacia casi cinco años, otoño de 1846, Romasanta había hecho lo propio con las primeras de las García Blanco, Manuela y Petra. Por primera y única vez, Romasanta había roto una constante de las consecuencias de sus fatídicas transformaciones en lobo, matar a madres e hijos siempre en el mismo lugar. Petra había muerto con su madre y donde ella, lo mismo había ocurrido con Benita y Francisca, y Antonia Rúa y Peregrina. Josefa tardó dos meses y medio en “encontrarse” con su hijo, pero cuando ocurrió alcanzó Santander exactamente donde ya lo hiciera José. María en cambio no, se había roto una constante, quizá la situación ya no estaba como para andarse con tantas contemplaciones.

      La situación era lo suficientemente complicada para Romasanta como para aconsejarle desaparecer de nuevo. Sobre todo de Rebordechao, Laza y Montederramo, allí donde se había prodigado especialmente en los últimos años.
      Los rumores habían crecido como una bola de nieve que bajara hasta Rebordechao por aquellas empinadas laderas del San Mamede. Tampoco en Rebordechao se encontraba ahora a cubierto de las sospechas, al contrario. Sus vecinos participaban de los rumores que se prodigaban por el contorno, y las cábalas con las que se pretendía razonar que a aquellas nueve personas algo trágico tenía que haberles sucedido. Si el qué le inquietaba, el por qué y el para qué lo convertían en un auténtico monstruo, y eso que a nadie se le había ocurrido lo que Romasanta le tenía preparado a la justicia. La conexión de los rebordiegos con las gentes de Laza y Montederramo eran tan frecuentes y abundantes, como que no eran pocas las familias que entroncaban de uno y otro lado de la sierra. Con nueve muertes en su cuenta, en su nueva y digamos segunda cuenta según diría el propio Romasanta a la justicia posteriormente, "O do Unto" había asumido que tenía que abrir una nueva etapa, otra, de su azarosa vida.
      Y volvería a conseguirlo con cierta facilidad y un poco de astucia.