MUERTE DE ROMASANTA, LA ÚLTIMA INCÓGNITA

      Producto del indulto de Isabel II y otra vez por orden de la Reina, Romasanta fue a parar a la Prisión de Celanova. Una pequeña construcción petrea en el centro de esta villa que se ubica a unos treinta kilómetros de la capital ourensana, construída en 1851 por orden de la Reina y de la que en la actualidad nada queda. Se sabe que a aquí fue a parar “El Hombre Lobo”, "O Lobo da Xente", pero nada más se supo del resto de sus días. Ni de cuándo, cómo y si fue aquí donde los agotó.
      Algunos sostuvieron en su momento que Romasanta murió en la prisión de Celanova y que, además, no tardó mucho en ocurrir.

 

      Manuel Blanco murió en la cárcel al poco tiempo
      ALFREDO CID RUMBAO: ALLARIZ, VILLA Y CORTE ROMÁNICA, ORENSE, 1985

 

Pero ningún dato de su muerte consta debidamente, ni siquiera si esta llegó a producirse. Ninguna crónica, de la época o posterior, refleja nada de Romasanta después de 1854, más acá de producirse el indulto de Isabel II. En ninguna parte consta el enterramiento de un tal Manuel Blanco Romasanta.
      En Celanova se pierde definitivamente el rastro de “El Hombre Lobo de Allariz”, “O Lobo da Xente”, “O do Unto” y “O Sacamanteigas“, como muchos le siguen llamando. En Celanova no consta documento alguno siquiera de que Romasanta hubiera pasado por esta villa ourensana. Extremo al que puede haber contribuído decisivamente los expurgos documentales que por efectos de la Guerra Civil Española del 36 padeció Celanova, convertida a raíz de la contienda civil en ingente depósito de presos de numerosos lugares del país. Si algún documento pudiera haber soportado en el Juzgado o en el Concello hasta entonces el paso del tiempo, posiblemente sucumbió a los devastadores efectos del Régimen sobre los archivos de Celanova como de tantos otros lugares de este país.

      La historia de Romasanta es una historia inconclusa, además de misteriosa, oscura, confusa... El desconocimiento de lo ocurrido a partir de 1854 y el final de los días de “O Lobo da Xente” fueron también en su momento excelente caldo de cultivo para un proceso rumorológico galopante, en torno a aquel que sostenía haber padecido aquellas fatídicas transformaciones. Y con ello para la leyenda.
      A su vez, Romasanta fue mutando en ésta: de “O do Unto” a “O Lobo da Xente”, de "Sacamanteigas" a "O Lobishome" y "El Hombre Lobo de Allariz"; de los que seguían alimentando las tesis de las grasas humanas para las boticas portuguesas y los cuidados cutáneos de las ricas señoras lusitanas, a los que preferían perpetuar la memoria del maleficio que el propio Romasanta decía haber padecido durante trece años.
      Por mucho que esta última fuera sometida al regio criterio de la justicia y ésta al final la hubiera desestimado, había conseguido aclarar, revelar y demostrar tan poco que, a los ojos del pueblo, era tan válida como la de del sebo humano, tan válida y tan descabellada podía ser una como la otra. Y este pueblo, secularmente adicto a la leyenda y a la creación de sus propios mitos, siempre se sintió atraído por este tipo de historias y de individuos.
      Tampoco faltaron versiones sobre el final de los días de Romasanta. En Celanova, allí donde ciertamente fue a parar para cumplir su condena a cadena perpetua por indulto de la Reina Isabel II, se dice que “El Hombre Lobo” no tardó mucho en morir aquejado de una extraña por entonces enfermedad. Según esta versión, Romasanta ya no dispondría por entonces de demasiada salud.
      Otros en cambio sostienen que la “extraña” enfermedad que padeció “O do Unto”, tuvo más que ver con las incontenidas ansias de un carabinero por demostrar que las mutaciones de las que Romasanta hablaba no eran ciertas, que con su salud. En la localidad montañosa de Toro, en tierras de Laza de donde eran las García Blanco, se cuenta una historia en la línea de lo reflejado por Vicente Risco en su discurso de ingreso en la Real Academia Galega.

 

      “Por certo que indo nun distes recoñecimentos, e achándose unha noite recollidos el e máis a xustiza nunha casa, non sei que le dixo un dos escribanos que el respondeu:
         - Hai si me volvera lobo!...
      Daquela o xuez colleu unha pistola e díxolle:
         - Pois anda, estrévete a volverto lobo!...
      O que respostou o preso:
         - Hai, señores, si me volvera lobo non había bala que me matara...”.

      (Por cierto que yendo en uno de estos reconocimientos, y hallándose una noche recogidos el y la justicia en una casa, no se que le dijo uno de los escribanos que él respondió:
         - Hay si me volviera lobo!...
      De aquella el juez cogió una pistola y le dijo:
         - Pues anda, atrévete a volverte lobo!...
      A lo que respondió el preso:
         - Hay, señores, si me volviera lobo no habría bala que me matara...)

      
VICENTE MARTÍNEZ-RISCO AGÜERO, DISCURSO DE INGRESO EN LA REAL ACADEMIA GALLEGA: EDITORIAL MORET, LA CORUÑA, 1971

 

      La leyenda cuenta por las tierras altas de Laza que los agentes de la ley se habrían arrogado la potestad de poner en evidencia a “O Lobo da Xente”, y en medio de la noche y de la sierra forzaron a Romasanta a convertirse en lobo. Habría sido entonces cuando a uno de los guardias se le apresuró el dedo con el gatillo y disparó contra “O do Unto” causándole su muerte. Muy al contrario de lo que también cuenta la leyenda que Romasanta aseguraba hasta jurar, que si en lobo se convirtiera ni cien balas le matarían.

      En cualquier caso, a la leyenda la muerte de Romasanta no le interesó nunca demasiado. A las gentes de esta Galicia hecha por los siglos de los siglos a meigas y meigallos, fadas y maleficios, historias truculentas y relatos misteriosos al calor de la lareira en interminables noches de invierno, los sujetos como Romasanta jamás les interesa que mueran.