ROMASANTA, LA 3ª VÍA: NI LOBO NI CRIMINAL
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Xornalista
Autor de Romasanta,
Memoria Cierta de una Leyenda
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Esta teoría fue expuesta en las IV Xornadas de Historia, Cultura e Dereito de la Universidade de Vigo, celebradas en Bande (Ourense), el 8 de mayo de 2010
1. PRELIMINAR
La justicia condenó primero, indultó después y volvió a condenar luego a Blanco Romasanta a morir en garrote, lo que sólo evitó el definitivo indulto de Isabel II.
La justicia ni consiguió ejecutarle ni hallar pruebas de los asesinatos que se autoimputó el propio Romasanta. Eso sí, desestimando de raíz que lo hiciera bajo el maleficio que le tornaba en lobo, hombre lobo, lo que le producía, a su decir, la irrefrenable necesidad de devorar a mujeres, niños y jóvenes.
La justicia desestimó con la misma contundencia que tal mutación en Blanco Romasanta pudiera darse, como que otros cuatro casos de personas muertas en ataques de lobos (estos sucedidos en O Val de Conso) que el reo también se imputó fueran de su autoría. Y con la misma contundencia que desestimó que los dos únicos restos humanos (el hueso “imnominado” de una “muger” y una calavera) pertenecieran a las víctimas, cerró sus averiguaciones sin otro rastro de los cadáveres o presuntos cadáveres de las víctimas de Blanco Romasanta.
Establecido que nunca hubo cuerpo o cuerpos del delito, existe una pieza clave en la legislación entonces vigente que no eximía a Blanco Romasanta de responsabilidad penal, y que era la misma que servía a la justicia para hacer caer todo el peso de la ley sobre el que decía haberse convertido en licántropo.
Pieza que por importante resulta también vital para el razonamiento de los hechos, porque, a su vez, es la que tuvo que determinar que Blanco Romasanta admitiera la comisión de los delitos y no los negara, si bien imputándolos a los efectos de su transformación en lobo.
En este punto es razonable plantearse: ¿si ni la justicia ni Romasanta fueron capaces de dar con una sola prueba de la existencia de cadáveres, por qué tendría que confesar que les había dado muerte a los nueve por los que la justicia se interesaba en vez de ignorar su paradero, simplemente, por ejemplo?.
Más se podría decir: ¿por qué buscar cadáveres si ni siquiera hubo muertos?
E incluso: ¿por qué admitir muertes si sabía Romasanta que nunca se hallarían pruebas porque nunca hubo cadáveres?
Existe explicación a esto, clara y contundente además, como ya reveló la Aproximación Jurídica al caso realizada por el profesor Roberto Bustillo, y sobre la que será preciso volver.
Desde que los hechos se conocieron y derivaron en el extenso, denso e intenso proceso judicial hasta nuestros días, mucho ha sido el interés por el caso y numerosas las aportaciones realizadas al mismo.
Sin embargo, casi la práctica totalidad de ellas se han centrado en el aspecto licantrópico de Blanco Romasanta, y muy pocas, contadas, han aportado nada nuevo en el teatro de lo sucedido. De proceso rumorológico que lo propagó primero y perpetuó después, se pasó al de las especulaciones donde el caso sigue e, incluso, parece interesar que siga ahí.
De este modo, siglo y medio después los hechos están en el punto en el que los dejaron la justicia y el propio Romasanta. Y, curiosamente, no se ha abierto ni una sola vía de que al menos parte de los hechos fueran otros de los referidos por Blanco Romasanta, y la justicia no diera en su momento un enfoque distinto al que el propio Blanco Romasanta quiso, buscando en el terreno de lo demostrable en vez de centrarse, únicamente, en desmontar el fenómeno licantrópico al que el de Esgos recurrió nada más pisar suelo ourensano de vuelta de Toledo.
La teoría que aquí ahora se manejará es que nunca existieran tales víctimas, porque ni Blanco Romasanta se convirtió nunca en lobo ni habría llegado a matar a las García Blanco ni a las Rúa.
Mejor dicho, nunca hubo muertes. Víctimas sí, ya que como tal las consideraba la justicia de mediados del Siglo XIX por el sólo hecho de su desaparición.
Esta simple posibilidad plantea, obvio, la incógnita de a dónde fueron a parar las García Blanco y sus hijos, y Antonia Rúa y los suyos.
Pues bien, la teoría ni siquiera tiene por qué descartar que el buhonero hubiera llevado a sus víctimas a Santander, como él dijo, pero al puerto de Santander y a ningún otro sitio.
Y ni siquiera haberlas llevado él, sino enlaces, personas que en determinado punto del trayecto habrían salido a su encuentro.
Y no se las encontró nunca porque, al igual que hubiera ocurrido cuando a Blanco Romasanta se le buscaba en Galicia habiendo salido para Castilla como Antonio Gómez con pasaporte falso, a ellos habría que haberlos buscado quizá allende los mares, en “territorios de Indias”, por ejemplo. Con o sin pasaporte, y si es que allí llegó alguno con vida entre tantos que morían hacinados en las bodegas de aquellos barcos saturados de emigrantes clandestinos.
De este modo, además de haber adelantado la intención final de este trabajo, reitero que Blanco Romasanta no tuvo nunca por qué haber dado muerte a las García Blanco y a sus hijos, ni a Antonia Rúa y los suyos, quedando establecidos cuales han de ser los dos primeros pasos a afrontar para sostener esta teoría: el por qué de que tuviera que admitir muertes (no desapariciones) sabiendo que no existían cadáveres, luego pruebas, una; y dos, constatar la posibilidad de haberlos hecho desaparecer embarcándolos a territorios de ultramar, por ejemplo, luego sin necesidad de haberles dado muerte, para lo que es fundamental la constatación de la existencia por entonces del fenómeno migratorio.
Ya que, de ser así, de existir, ¿por qué no iba a saber de ello Romasanta cuando ya sabía del fenómeno licantrópico al que se acogió; o cuando supo falsificar un pasaporte para que se le siguiera buscando en Galicia cuando ya había salido a Castilla con identidad falsa; o cuando sabía que era necesario que siguiera dando cuenta del paradero y la existencia de aquellos a los que prometiera prosperidad muy lejos de su tierra, de sus casas y de sus familias, con aquellas misivas que él escribía y él mismo les leía?
Por último, quede claro que de lo que aquí se trata es de establecer la posibilidad de que pudiera haber ocurrido lo que se expone, sin la necesidad de establecer, siquiera con la mínima certeza, que tal ocurrió.
A tenor de los pocos datos que existen sobre el proceso migratorio de la primera mitad del Siglo XIX, lo inconcretos que estos son, y, sobre todo, que es casi seguro que las víctimas de Blanco Romasanta habrían sido embarcadas clandestinamente, la única prueba concluyente de esta teoría sería encontrar la descendencia de alguno de los Blanco Romasanta o de la Rúa en cualquier parte de cualquier lugar que no fuera este país.
Donde nunca los buscó la justicia.
2. ANTES LOCO CONFESO QUE CUERDO CONDENADO
Denunciando la noche del 2 de julio de 1852 al alcalde de Nombela, provincia de Toledo, por “tres de Laza” que se encuentran aquí para las siegas, Romasanta ve, de repente, su estratagema hecha añicos.
Había salido con pasaporte falso del Reino de Galicia. No era él sino un tal Antonio Gómez, vecino de Nogueira de Montederramo.
A Antonio Gómez nunca se le buscaría, ni en Toledo, ni en la ancha Castilla ni siquiera en su pueblo, porque nunca existió tal sujeto en Nogueira de Montederramo.
A Blanco Romasanta sólo se le buscaría en Galicia, porque no constaba que el buhonero hubiera salido del Reino.
Así que sólo la casualidad hizo que tres vecinos de Laza, vecinos de las víctimas y que reconocieron con total certeza a Romasanta, dieran con él en Toledo.
Cuando el alcalde de Nombela lo interrogó, Blanco Romasanta planteó una cuestión de estricta identidad.
Frente a los argumentos de aquellos que decían que aquel era realmente quien era y no quien decía ser, a quien se le buscaba en Ourense por asuntos de muy dudosa legalidad, Romasanta no entró en estas cuestiones y negó al alcalde ser otro que quien su pasaporte decía ser, Antonio Gómez.
Sólo cuando llegó a Verín, el primer juzgado ourensano por el que pasó de retorno a Ourense después de que el alcalde de Nombela decidiera devolverlo a Galicia, varió su declaración y, ahora sí, admitió ser Blanco Romasanta.
Pero entonces surgió la gran sorpresa: era Manuel Blanco Romasanta y un ex hombre lobo desde hacía nada más que unos días, porque el maleficio dijo haberle desaparecido el pasado día de San Pedro es decir, el 29 de junio de aquel mismo año, 1852 (se le detuvo el 2 de julio).
Y entonces no sólo admitió su identidad sino que aseguró haber dado muerte a trece personas, no sólo a las nueve por las que la justicia preguntaba, y que lo hizo poseído por ese mal o maleficio que, tanto a él como a dos más, les tornaban en hombres lobo.
Lo que para esta teoría vendría a ser una especie de estrategia de ruptura de Romasanta.
¿Qué hace que Manuel Blanco tenga que optar por esta estrategia?
¿Por qué admitir muertes y no desapariciones?
¿Por qué más muertes, más crímenes que los nueve por los que preguntaba la justicia?
Son piezas clave de la teoría de la estrategia de ruptura por la que, sostengo, optó Blanco Romasanta al verse acorralado por la justicia y por la presión rumorológica de “o do unto”.
La estrategia de Blanco Romasanta sería, en conclusión, la de antes un loco confeso que luego un cuerdo condenado.
Su planteamiento no es únicamente admitir las muertes que aún por entonces ni siquiera se le habían imputado, sino transformar él mismo las desapariciones por las que se interesaba la justicia en muertes. Y con ello introducir un salto cualitativo tremendo en las primeras declaraciones que se le toman, que aún no son investigación propiamente dicha: la de que todo sucedió producto de verse poseído por el maleficio que le transformaba en lobo.
Si cualitativamente la fractura entre las declaraciones de Romasanta y lo más que la justicia podría imaginar ya se había consumado, Romasanta engrosaba cuantitativamente los cargos contra él mismo imputandose otras cuatro muertes más, trece en total.
Está claro que al de Esgos le interesaba magnificar su caso lo máximo posible, cosa que logró, y aún más de lo que seguro nunca pudo imaginarse en lo tocante a la proyección que alcanzó.
La estrategía debía conducir a lograr que se le diera por loco, y cambiar la pena de cadena perpetua, en el menos malo de los casos, por el internamiento en un manicomio de los de la época, quizá en el de León que seguro conocía.
En “Una aproximación jurídica a algunos aspectos del caso de Manuel Blanco Romasanta, el Hombre-Lobo de Allariz”, el profesor Roberto Bustillo Bolado de la Universidad de Vigo, señala que:
O las dos cosas juntas, reconocer el delito y mentir para intentar salvarse. Posibilidad en la que nada, poco a lo sumo, reparó entonces la justicia.
Aquí está, por tanto, la explicación a por qué Romasanta tenía que dar cuenta, explicar y responder de aquello de lo que se le acusaba, sin posibilidad alguna de negarse a declarar contra sí mismo, algo que hoy en día si podría haber hecho.
Pero ¿por qué admitir muertes y no desapariciones?, por qué
transformar él mismo las desapariciones por las que se interesaba la justicia en muertes.
Volvemos a las aportaciones del profesor Roberto Bustillo al caso:
A no ser que la justicia fuera a tragarse las propias cartas que Blanco Romasanta escribía atesorando el esplendor de las mujeres y los hijos allí donde los había colocado, Romasanta se enfrentaba a una cadena perpetua, en el menos malo de los casos, producto de asumir la desaparición de los nueve que había enviado a donde ya nunca más sabría nadie.
Menos malo que no bueno, porque el cumplimiento de las perpetuas por entonces distaban tanto de hoy en día como la situación que produciría al caso la existencia entonces del art.25 de nuestra Constitución de 1978.
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“Art.94. La pena de cadena perpetua se sufrirá en cualquiera de los puntos destinados á este objeto en África, Canarias ó ultramar”.
“Art. 96. Los sentenciados á cadena temporal ó perpetua trabajarán en beneficio del Estado; llevarán siempre una cadena al pié pendiente de la cintura, ó asida á la de otro penado: se emplearán en trabajos duros y penosos, y no recibirán auxilio alguno de fuera del establecimiento”. |
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Por contra, frente a las situaciones que producía una condena a Blanco como homicida o como responsable simplemente de la desaparición de nueve personas, la de la locura tuvo que parecerle a Romasanta más que un bálsamo, algo así como un paraíso a su delicada situación.
Según el profesor Roberto Bustillo:
Sostengo, por tanto, que Blanco Romasanta buscó en la licantropía la que denomino estrategia de ruptura, a la procura de evitar tanto la muerte en garrote como, en el menos malo de los casos, la cadena perpetua y pasar el resto de su vida en territorios de ultramar con una bola asida a un pié.
Y lo hizo a lo grande, recurriendo al fenómeno licantrópico. Aunque en este caso ha de matizarse, que Romasanta no tenía por qué conocer dicho fenómeno y la licantropía como tal, sino tradiciones como la que él mismo invocó, la de la maldición sobre el séptimo hijo de una familia de varones como era su caso.
Por último, resulta curioso como la justicia, en este caso la Audiencia de La Coruña al igual que hiciera el Juzgado de Allariz, lograron resistir al verdadero interés de Blanco Romasanta de convertir su caso en el de un simple loco, sin conceder el más mínimo resquicio a tal posibilidad igual que a la de su mutación en hombre lobo, por mucho que hasta la Reina Isabel II se empeñara en facilitar el trabajo de aquel tal Mister Philips, doctor en electrobiología.
Ante la proyección que el asunto había alcanzado (Mr. Phillips supo del caso en Argel, donde se encontraba, por un periódico de esta ciudad), la expectación que había generado y el interés de, incluso la propia Reina, fácil le habría resultado a la Audiencia de La Coruña dar a Romasanta por un loco rematado que en su delirio se habría creído lobo.
El loco rematado que quería ser Blanco Romasanta desde que en julio de 1852 su mala estrella le devolviera al Reino de Galicia
3. EMIGRACIÓN: CLANDESTINA Y DE LA OTRA
Si la emigración existiera en la época que le tocó vivir a Blanco Romasanta, es muy probable que el buhonero supiera de ella. De ella y de los mecanismos, legales e ilegales que concurrían en el fenómeno. Adelantado para su época, trotamundos como nadie en las tierras altas del interior de la provincia ourensana, Blanco Romasanta estaba muy por encima de la media de la época, incluso por encima de los entonces tenidos por autoridad, como los curas, cuando menos en algunas materias.
Si la emigración existiera en la época que le tocó vivir a Romasanta, es casi seguro que tanto pudo haberla aprovechado legal como ilegalmente, pues con la misma facilidad que hubiera llegado a falsificar un pasaporte hubiera entrado en contacto con aquellos que, diseminados por la geografía gallega, reclutaban mano de obra barata para territorios de Indias, por ejemplo.
Si la emigración existiera en la época que vivió Romasanta, es posible que las García Blanco y sus hijos y la Rúa y los suyos llegaran al puerto de Santander en vez de haber sido descuartizadas en los montes de esta provincia como aseguró el buhonero. La justicia buscó en Santander sin encontrar rastro alguno de las víctimas confirmando lo que Romasanta decía es decir, la versión que a Romasanta le interesaba. Siempre quedará la duda de qué podría haber pasado si la justicia hubiera buscado entonces en los libros de Asientos de, por ejemplo, el puerto de Santander.
Así las cosas, ¿se dio el fenómeno migratorio en la primera mitad del Siglo XIX? De haberse dado, ¿qué se puede establecer acerca de sus características, cómo era y cómo a través de él podría explicarse la desaparición de las víctimas de Romasanta?
Conviene tener siempre en cuenta dos referencias cronológicas para el caso que nos ocupa: el período comprendido entre los años 1846 y 1851, y el año 1852.
Los seis años que abarca el período señalado (1846-1852), son los que van desde la primera a la última víctima o desparecida, Petra García y María Rúa, respectivamente.
La de 1852 marca un punto de inflexión muy importante en el proceso migratorio en este país, que desembocaría en la Real Orden de 16 de septiembre de 1853 que redefinió las condiciones para la obtención de pasaportes para salir del país por los puertos españoles.
A nuestro caso no le interesa tanto lo que variaron esas condiciones a partir de dicha Real Orden como las causas que la produjeron es decir, el antes más que el después, la causa más que el efecto, el desencadenante de dicha disposición más que las consecuencias de la misma. Ya que las desapariciones están antes, nunca después.
Con la Real Orden de 1853 se trató de “evitar los graves inconvenientes de una emigración repentina, simultánea y demasiado numerosa”, señala Nadia Andrea de Cristóforis en su publicación “Políticas y prácticas migratorias: los flujos de gallegos y asturianos a Buenos Aires (1840-1860)”.
Como quiera que las condiciones en las que por entonces viajaban aquellos desgraciados no llegaban siquiera para asegurarles sobrevivir al viaje y alcanzar su destino, se establecía la limitación del número de emigrantes en función de la capacidad y del tonelaje del buque; el control del avituallamiento del barco; exigencia de expresar cantidades y características de los alimentos que se servirían durante la travesía; el precio del pasaje y el plazo dentro del cual se cancelaría su pago; el establecimiento de ocupación de los emigrantes al llegar al destino; e, incluso, la prescripción de llevar un botiquín en la nave y un médico-cirujano y capellán en las expediciones de cierta consideración.
Lo que nos da a entender con meridiana claridad la penosa situación que llegó a producirse en los puertos de todo el país hasta entonces, como consecuencia que dicha Real Orden es de la misma.
En 1852 existía constancia clara tanto de la existencia de emigración clandestina desde España como de los abusos cometidos en el transporte de emigrantes españoles, en su gran mayoría del Noroeste español. Algo que había llegado por entonces a alarmar a los agentes diplomáticos españoles instalados en las capitales de estos países sudamericanos. |
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Así, el profesor Barreiro Fernández, en “Historia Contemporánea de Galicia”, refiere que en 1850 el Cónsul de España en Montevideo había ya dado cuenta al Gobierno español de que sólo en cinco años habían desembarcado en Buenos Aires unos cinco mil emigrantes gallegos”.
Definitivamente aquello se había convertido en el negocio del Siglo XIX para navieras y armadores.
En 1852 el Cónsul de España en Buenos Aires remitió a la Reina una “lista clasificada de los individuos venidos sin pasaporte desde la Península a bordo del Bergantín español León”.
Previamente, el Cónsul de Su Majestad expresaba el 31 de julio de aquel año que “continuará practicando como hasta ahora todas las gestiones que sean conducentes para impedir la continuación del escandaloso tráfico de colonos españoles con infracción de las disposiciones vigentes, y con grave perjuicio del buen nombre español”.
Por entonces también El Nacional de Montevideo criticaba las políticas bonaerenses que favorecían el tráfico de gallegos por la casa LLavallol de Felipe LLavallol, que llegaba a calificar de “comercio de esclavos”.
En 1855, el diputado en Cortes por Ourense, Urbano Feijóo Sotomayor, afirmaba que “esos especuladores” habían logrado reunir en Buenos Aires 20.000 gallegos “arrastrados como presidiarios a trabajar en los fosos y los jardines del dictador Rosas, sujetos a tomar el fusil o la pica sin protección ni más ley que la voluntad de aquel dictador”.
Llegada la mitad del Siglo XIX, 1852 marca ese punto de inflexión en que transciende con absoluta claridad lo que recoge en “Políticas y prácticas migratorias: los flujos de gallegos y asturianos a Buenos Aires (1840-1860)” Nadia Andrea de Cristóforis, limitándose por entonces la normativa en materia de emigraciones a la de 1835:
En su estudio sobre “Movimientos Migratorios España-América. Aproximación a un caso concreto: El México Colonial tardío”, Isabel Olmos Sánchez, de la Universidad de Murcia, establece que:
Ya a principios del Siglo XIX la emigración había dejado de ser exclusivamente de participación gaditana, al abrirse al libre comercio los puertos de Málaga, Almería, Cartagena, Alicante, Alfaques de Tortosa, Barcelona, Santander, Gijón, La Coruña, Palma y Santa Cruz de Tenerife.
Respecto a un tráfico clandestino de emigrantes del que, entre lo poco que se tiene constancia es que aumenta, María Isabel Sánchez dice:
Si la revisión que operaba la Real Orden de 1853 de las condiciones en las que se estaban produciendo los viajes de aquellas gentes da perfecta cuenta de las deficiencias de las mismas, también existe constancia de otros dos aspectos más que envuelven el negocio de la salida de gallegos y asturianos para la emigración.
Por una parte la existencia de una especie de red de agentes que, al servicio de armadores y navieras sobre todo, se dedicaban a captar gentes en aquellos lugares menos desarrollados. Y a los que en la documentación obrante en la Revista de Indias se les denomina enganchados.
Aspecto al que se refieren Nadia Andrea de Cristóforis en su trabajo en al menos dos referencias que a continuación se reproducen:
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"Los peninsulares del noroeste hispánico eran contratados por agentes en España, quienes ponían en marcha distintas estrategias propagandísticas y de captación. Los sujetos enganchados viajaban hacinados, sin suficiente agua ni alimentos. A su llega a la ciudad de Buenos Aires eran alojados en una barraca, donde nuevamente las condiciones de vida eran penosas".
"Los agentes o intermediarios menores eran en la mayoría de los casos pequeños comerciantes que trabajaban entre sus convecinos y entre los habitantes de los pueblos limítrofes, en ferias, bares o tabernas. Realizaban una propaganda directa de la emigración, oficiando de articuladores entre los labradores que deseaban partir a ultramar y las diferentes instituciones oficiales que expedían la documentación necesaria para emigrar". |
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Si esto puede evocar las prácticas de Romasanta con las García Blanco y la Rúa, ocurre otro tanto con respecto a la todavía por entonces no muy lejana trata de negros:
Concluyendo: la emigración existió en la época que le tocó vivir a Blanco Romasanta y a aquellas pobres gentes de Laza y Vilar de Barrio; tan cierto es esto como probable que Romasanta supiera de ello y de los mecanismos, legales e ilegales, que concurrieron en este fenómeno; tan posible le hubiera sido falsificar sus pasaportes como probable que no tuviera que hacerlo, porque lo más probable es que no le faltaran al buhonero contactos con aquellos que se dedicaban a captar enganchados en ferias, bares o tabernas.
Tan posible sería que los hubiera llevado a Santander como probable que en realidad lo hicieran otros. Tan probable que su destino real fuera el puerto de Santander, como posible sería que en vez de a Santander fueran a Ferrol, desde donde zarparon los bergantines de la casa Llavallol que acabaron por escandalizar a los consulados españoles de los territorios de Ultramar. Tal era la cantidad de gallegos que llegaban hacinados en sus bodegas en condiciones infrahumanas, sin contar los que perecían en la travesía e incluso eran arrojados por la borda.
Y tan posible sería cualquier otra ruta de las europeas, además de las iberoamericanas.
La justicia nunca indagó en esta posibilidad, de la que Romasanta no dio la menor de las pistas siquiera con la más vaga de las insinuaciones.
En caso de haberlo intentado, hubiera estado a tiempo de buscar pruebas igual en los paraderos, destinos y posibles embarques de los desaparecidos, que en el proceder por esta vertiente de Blanco Romasanta.
Cualquiera de los nueve podría haber salido de la Península de tres formas: sin pasaporte, clandestinamente; con pasaporte falso e identidad suplantada; y con pasaporte legal.
En cambio, por aquí todavía tenían que estar frescas las huellas de aquellos dos, los tales Don Genaro y Antonio, que decía Romasanta que como él también se volvían lobos y con él habían dado muerte a algunas de sus víctimas.
Pasaron por el caso como una anécdota. Pero ¿y si fueran mucho más que eso?
4. EL ESCENARIO, LA CODICIA Y LAS MILONGAS DE ROMASANTA
En el desarrollo de lo acontecido entre el otoño de 1846, cuando tuvo lugar la primera muerte, la de Petra, y junio de 1851 en que Romasanta cerró la cuenta con la de María Dolores, hay cuatro aspectos del proceder del buhonero que por coincidentes o comunes conviene reparar en ellos: los escenarios de las supuestas muertes y transformaciones de Romasanta (en una doble vertiente); los destinos que el buhonero habría buscado para sus víctimas; los cortos periodos de tiempo que transcurrieron entre la partida de las víctimas y el retorno de Romasanta a los lugares de costumbre; y el afán, sino desmedido poco comedido, por sus posesiones.
En cuanto al primero de los aspectos, los escenarios sólo son tres. Si tenemos en cuenta que dos de ellos están tan próximos como que los bosques de As Gorbias y A Redondela son prácticamente contiguos, sólo O Corgo do Boi se sitúa un poco más distante, como a hora y media de camino antes de los otros dos.
Los tres siempre por el trayecto que discurría de Rebordechao, tierras altas de Vilar de Barrio, hacia Queixa, pero que antes de asomar a estas tierras sobre la localidad de O Teixedo, se descolgaba por su izquierda hacia los pueblos de Montederramo: Gabín, Fontedoso y Mazaira, entre otros. Localidades a las que Romasanta acudía con frecuencia y en las que tenía numerosos contactos.
Pero, todavía más curioso, cada madre con su o sus hijos murieron indefectiblemente en el mismo lugar, según Romasanta. Daba lo mismo que hubiera sucedido al mismo tiempo que con meses y hasta años de diferencia.
A Petra dijo Romasanta haberle dado muerte en A Redondela, donde correría la misma suerte días después su madre, Manuela. Antonia y su hija Peregrina murieron en As Gorbias el 24 de marzo de 1850, y un año y tres meses después Romasanta cerró la cuenta de sus víctimas, dijo, dando muerte a María, también hija de Antonia, también en As Gorbias. En As Gorbias dijo haber devorado a José el 16 de octubre de 1850, y tres meses y medio después aquí le ocurrió lo mismo a su madre, Josefa.
Todo sucedió en un escenario bastante concreto, geográficamente bien delimitado incluso, pero al que Romasanta llegaba siempre a través de diferentes caminos. Así, en el caso de las tres García Blanco, en uno lo hizo por A Alberguería y As Arroás, en otro por Correchouso, y en el caso concreto de José, sin que se supiera por qué, el buhonero subió hasta la localidad más alta de estas tierras, Camba, desde donde luego tuvo que volver a bajar.
Siempre era aquí, en ese espacio como queda dicho tan bien delimitado como concreto, donde a Romasanta le asaltaba la transformación, le poseía aquella irrefrenable necesidad de devorar a sus víctimas, aquí se tornaba lobo y aquí dijo descuartizarlas.
Y fue aquí donde, como él dijo sin que la justicia le prestara atención alguna, sólo dos personas habían sido testigos de aquello. De cuya identidad Romasanta sólo dijo que uno se llamaba Don Genaro, valenciano, y el otro “un tal Antonio”, posiblemente alicantino.
Los tres vueltos lobos habían compartido el festín en alguna ocasión. Ni la justicia profundizó en el aspecto, ni Romasanta dijo más al respecto que los tres vagaron por la sierra convertidos en lobos tras haberse saciado con sus víctimas.
Igual que aquellos escenarios donde Romasanta habría dado muerte a sus víctimas son tan concretos que representan únicamente dos espacios en el largo camino hacia la prosperidad prometida, también la fortuna de aquellos se ubicaba en otros dos lugares concretos, Santander y Ourense.
Las García Blanco y sus hijos salieron para casas de ricos amos de Santander. La Rúa y su hija no precisaban hacer camino tan largo, porque su amo estaba en Ourense.
Puede darse por hecho que ni los García Blanco sabían donde estaba Santander ni Romasanta pudo llevar a ninguno y regresar en tan poco tiempo como el que tardaba en reaparecer en Laza o en Vilar de Barrio. Lo que, a su vez, da idea de que ni los García Blanco ni nadie de allí tenía la más remota idea de que era imposible que fuera cierto lo que Romasanta decía ser y atesoraba con aquellas cartas con las que retornaba de sus viajes.
Sin embargo el problema de Romasanta no sería este sino su codicia.
A la muerte de Petra o Petronila, volvió Blanco para encontrarse con su madre, darle cuenta de que la pequeña había salido para Santander y hacer los preparativos de la salida de Manuela. Con la hija ya a muchas leguas, a Manuela ya no le quedaba ninguna duda, así que vendió 4 o 5 cabezas de vacuno y “pasaba a casa del Abad de Paredes de Caldelas a cobrar 30 reales, precio de una casa que la misma vendiera a Tecla N., criada del administrador de Los Milagros”.
A Manuela y su hija le siguió Benita. De los García Blanco era la que menos tenía, sólo se llevó alguna ropa. Pero a lo pocos días el buhonero ya había vendido una colcha, algunos pañuelos y una falda que se diría después que vendiera a unos paisanos de Montederramo.
Si Benita con su hijo Francisco poco rentables habrían salido al buhonero, Romasanta volvió de Santander dispuesto a convencer a otros de la familia. Así que contó que la Benita y su hijo fue llegar y besar el santo, que él ya estaba estudiando para abogado y a la Benita le había tocado la lotería.
Con esto los dejaba como a macerar, porque antes aún le tocaría el turno a Antonia Rúa.
Esta había heredado bienes de su padre que fueron tasados en los 600 reales. El 22 de marzo de 1850 Antonia dio al buhonero una cédula por la que vendía en 600 reales toda su herencia. Pero ante testigos, Blanco le dio a la Rúa únicamente 9 duros. Otros 5 dijo tenerlos en calderilla, pero la mujer le dijo que no fuera a buscarlos, que se fiaba. Tres días después, un Domingo de Ramos de 1850, la mujer y su hija partieron a servir en una casa de Ourense.
Si la codicia de Romasanta ya había empezado a mostrarse bien a las claras en el caso de la Rúa, todavía estaba por llegar el de Josefa, la última de las García Blanco.
Al igual que ocurriera con Petra, antes que la madre partió el hijo. Pero José iba con lo puesto mientras la madre quedaba deshaciéndose de sus pertenencias. A los pocos días, el buhonero vendió una capa del mozo que acabó yendo a parar a manos del cura de Rebordechao, lo que Romasanta explicó diciendo que allí a donde iba el muchacho tales prendas no se estilaban.
Por una carta de 22 de junio de 1850, Josefa ya había decidido dar a Blanco cierta cantidad de dinero y empeñar una tierra. Nunca se supo para qué. A la vuelta de llevar a su hijo, el buhonero le mostró una carta donde el chaval aconsejaba a la madre que fuera bien provista de dinero para el viaje.
Entonces la García Blanco vendió un carro en 8 duros, una cerda en 5, una vaca y un ternero en no se supo cuanto, ni cual vendió ni cual finalmente dio a Blanco. A quien dio también 2 ferrados de maíz y 10 ollas de vino.
Si la mujer tenía prisa por deshacerse de sus pertenencias, a Blanco le urgía hacer lo propio: la vaca y la cría la vendió por menos de la mitad de lo que valían y el vino lo colocó al regresar de Santander a un tal Domingo Requejo.
A Laza volvió con la llave que dijo le diera la Josefa para recoger las pertenencias que aún le quedaban a la mujer y hacerse cargo de ellas. Y luego también se supo que de entre los dos sacos de ropa que llevaba la mujer para el viaje, se había apropiado de varios pañuelos de seda, un delantal de paño fino y una navaja de dimensiones considerables que luego vendió.
Con tal proceder, había disparado tanto las sospechas de los García Blanco como los rumores de aquellas gentes y su desconfianza hacia Romasanta.
5. DE SANTANDER A CUALQUIER PARTE
La teoría de que Blanco Romasanta pudiera haberse desentendido de las García Blanco y sus hijos y de Antonia Rúa y sus dos hijas con la facilidad, incluso, que le hubiera deparado el reclutamiento clandestino de mano de obra barata hacia tierras de ultramar, resulta de al menos tres hechos constatados en el modus operandi del propio Romasanta:
1. La imposibilidad de que pudiera haberlos llevado a donde dijo, especialmente en el caso de Santander.
2. La inexistencia de prueba alguna de muertes, restos de cadáveres de cualquiera de las nueve personas a las que Romasanta dijo haber descuartizado.
3. La codicia como fin último y supremo de su engaño.
Pasa a concluirse que el objetivo de este trabajo y de la teoría de que Blanco Romasanta no tuvo por qué siquiera haber dado muerte a las víctimas, es la de aportar una nueva vía explicativa al caso: si los defensores de la existencia del fenómeno licantrópico basan que tal fenómeno se dio o pudo darse sobre todo en la inexistencia de cualquier tipo de pruebas (desde restos de las víctimas a los cuerpos del delito), al tiempo que el halo de misterio en el que Romasanta envolvió su caso en los juzgados por los que pasó y en la Audiencia de La Coruña contribuyeron a reforzar esta teoría y el mito de “El Hombre Lobo de Allariz”; la sola posibilidad debidamente fundamentada de que la emigración, en cualquier de sus formas, pudiera haber sido utilizada por Blanco Romasanta entre los años 1846 y 1851, aporta otra explicación además de la del fenómeno licantrópico a la desaparición de las víctimas sin la necesidad de producirse su muerte, al tiempo que la imposibilidad de hallar cualquier tipo de prueba en forma de restos porque no habría cadáveres.
Se concluirá que Blanco Romasanta pudo haber utilizado la emigración para dar salida a aquellos desgraciados y materializar los propósitos de hacerse con sus bienes, porque el fenómeno migratorio existía y Romasanta estaría en condiciones de hacer uso de él.
La hipótesis es la de que Romasanta no mató a ninguna de las García Blanco ni a ninguno de sus hijos; ni a Antonia Rúa, ni a Peregrina ni a María.
El buhonero rentabilizó mucho más y mejor la supuesta colocación de todos ellos negociando su salida a territorios de ultramar como mano de obra al servicio de sus nuevos amos, sin pasaporte, por supuesto, y sin pagar para que hicieran el viaje sino al contrario.
Y esto lo concretó siempre Romasanta en algunos de los pueblos más altos de Montederramo, quizá en Fontedoso, quizá en Nogueira o en Gabín.
Y de esto es muy probable que supieran mucho los tales Don Genaro y Antonio, aquellos que mencionó Romasanta pero por los que nada ni nunca se interesó la justicia.
Ya que escribió el Ministerio Fiscal (Luciano de la Bastida) en su acusación de 17 de junio de 1853, que
También escribió en su acusación que
Ciertamente. Máxime si la justicia no contempló siquiera que aquello de lo que Romasanta se apropió de las García Blanco y la Rúa podía ser sólo una parte de su negocio.
No hubo cadáveres porque no hubo muertes. Y no tenía porque haber muertes porque había una vía de que fueran más rentables vivos que muertos.
Si Romasanta nunca dijo la verdad fue porque desaparecidos los nueve, incapaz de dar razón alguna de su paradero y revelada la crudeza de una trama que a más de uno incluso pudiera parecer una especie de muerte en vida, no cabría otra condena para él que la perpetua con la bola asida a un pié en territorios de ultramar (que paradoja), y el repudio más absoluto de todos aquellos que le habían conocido.
Por contra, con la mencionada estrategia de ruptura buscó el psiquiátrico más próximo para un dictamen de loco rematado, que jamás consiguió porque (aspecto no poco curioso) la justicia se resistió a dárselo aún teniendo que afrontar un proceso judicial que se estaba extendiendo en el tiempo tanto como crecía la popularidad de Romasanta.
Aspecto no poco curioso, insisto, si tenemos en cuenta que hubiera sido muy fácil cortar de raíz la progresión de la popularidad de Romasanta, incluso mucho antes de saber de ella Mister Philips y que la Reina intermediaria en el caso, con sólo la justicia admitir la locura de aquel que decía haberse vuelto lobo.
Un loco más y todo habría terminado.
De ahí que la estrategía de Romasanta no sólo no estuviera mal urdida, sino que lo extraño fue que no saliera adelante.
5.1 Tiempo y espacio
Blanco no pudo llevar a sus víctimas a Santander como les decía a aquellas gentes de Laza y de Vilar de Barrio, por una simple cuestión de tiempo y espacio. Es decir, sería literalmente imposible hacer y deshacer el camino, aunque bien provisto de caballería fuere, en el corto espacio de tiempo transcurrido entre las partidas y los retornos de Romasanta. Sobre todo en algunos casos.
Como también queda dicho, esto revela que en aquellas tierras altas y montañosas de la provincia de Ourense por las que pululaba Romasanta nadie podía saber, ni siquiera aproximadamente, a la distancia que se encuentra Santander. Al menos lo suficiente para siquiera poner en duda reapariciones tan inmediatas como las que en alguna ocasión tuvo el buhonero.
Resulta obvio que si Blanco no llevó a los que dijo haber llevado a Santander y a Ourense, sólo pudieron ocurrir dos cosas: que no los llevara a donde dijo, o que no los llevara él.
Blanco optó por la primera opción, ya que dijo que nunca llegaron más allá de A Redondela y As Gorbias y O Corgo do Boi, donde les había dado muerte. Pero si por enésima vez Blanco mintiera, cosa que no sólo sería posible sino además probable, pudo haber sucedido que los llevó a donde dijo que los llevaría aunque no con el propósito manifestado, y que otros completaron el viaje.
En este último caso, el relevo pudiera muy bien haberse producido donde Romasanta dijo haberles dado muerte.
Al contrario de lo que pueda creerse, O Corgo do Boi, A Redondela y As Gorbias constituyen un espacio bastante bien definido de tres puntos relativamente próximos entre sí. Los dos últimos contiguos, y a una hora de camino, hora y media a lo sumo, del primero.
Los tres en el camino que enlazaba por las laderas de la Serra de San Mamede la localidad de Rebordechao con las tierras de Queixa y Montederramo. A la altura de A Redondela y As Gorbias, precisamente, se desprendían por su izquierda, sierra abajo, los caminos que conectaban con las localidades más altas de Montederramo: Fontedoso y Mazaira, por una parte, y A Mogainza y Gabín por otra.
Todos pueblos y gentes a los que el buhonero visitaba con mucha frecuencia, lugares con los que mantenía un estrecho contacto y en los que en el período en el que se produjeron las desapariciones era como si Romasanta hubiera centrado especialmente su actividad.
5.2 Don Genaro y Antonio, ¿los agentes?
Aquí tuvieron que darse los contactos de Romasanta para completar el camino que aquellos desdichados tenían que hacer a Santander en la mayoría de los casos, pero que no hicieron porque Romasanta dijo haberles dado muerte. Cosa que aquí se discute, como queda dicho.
En estos pueblos Romasanta gestionaría el destino de los García Blanco y las Rúa, lo que él reconoce en algunos pasajes de sus declaraciones en las que habló de “contactos”.
También sin que la justicia le prestara atención.
Cuando Romasanta se refería a “contactos”, lo que solo hizo cuando dijo haberle fallado, estaría refiriéndose a los agentes o intermediarios a los que se refiere Nadia Andrea de Cristóforis en su trabajo “Políticas y prácticas migratorias: los flujos de gallegos y asturianos a Buenos Aires (1840-1860)”
Todavía a finales del Siglo pasado constaba en la memoria de los más viejos de estos lugares, si bien muy vagamente ya, la presencia de feriantes y tratantes de ganado venidos muchas veces de lugares lejanos, como Vitoria y Pamplona, así como un flujo de gentes en el triángulo Rebordechao-Montederramo-Queixa que desembocaba en relaciones entre vecinos a veces tan fuertes o más que las propiamente familiares.
Como quiera que los caminos había que iniciarlos de víspera y acudir a una de las ferias de los doces y los veinte de cada mes de Montederramo suponía tres días fuera de casa, era preciso hallar acomodo en alguna donde hacer noche personas y bestias a la procurar de alimento y reposo. Lo que establecía unas relaciones muy fuertes entre unos y otros, mayores en algunos casos que las familiares, como queda dicho.
Por estas razones, Romasanta habría evitado que sus víctimas fueran vistas por estos lugares, de hecho nadie en las actuaciones de la justicia dijo haber visto a ninguno de ellos en ningún pueblo de Montederramo, donde sí el buhonero vendió no pocos trapos y otros efectos que las víctimas llevaban consigo.
El que lo hiciera sin el menor problema, indica también que en nada le comprometía hacerlo porque nadie los había visto antes llevándolos.
En el capítulo “Surtú, la cosa se complica” de Romasanta, Memoria Cierta de una Leyenda, aparecen como en ningún otro pasaje de la historia de Romasanta y sus víctimas peripecias relativas al aspecto de los contactos, lo que consta en las actuaciones de la Audiencia de La Coruña obrantes en el Archivo Histórico del Reino de Galicia.
Fue a principios de 1851 cuando la rumorología había ya hecho mella en los García Blanco, que derivó en presión de algunos de ellos sobre Romasanta no exenta de, cuando menos, cierta desconfianza.
Cuando Luis García Blanco, hermano de Manuela, Benita y Josefa insistió a Romasanta en ir con sus hermanas y sobrinos, Romasanta abortó el viaje diciendo que el “contacto” de costumbre le había fallado.
Cuando luego Luis insistió en que, de no poder ir él, debería retornar José, el hijo de Josefa que acababa de partir, Romasanta le indicó que tendría que pedírselo a una tal Concepción Villar, y le dio la dirección de “Ánimas del Purgatorio del Cofiñal”.
Cuando después de no conseguirlo Luis tomó el relevo Manuel Fernández, alias Surtú, sobrino político de las García Blanco, Romasanta ya no abortó el intento de salida en tierras de Laza sino que lo hizo en Montederramo. Fue allí, a donde habían acudido el 5 de marzo de 1851 para, de paso, comprar Romasanta algún ganado, donde el buhonero le dijo que se le había comunicado que era preciso retrasar el viaje hasta el día 23 de aquel mes.
Romasanta no volvió a dar cuenta de la cita a Surtú.
Poco le importaba ya que los rumores fueran en aumento, apremiado como tenía que estar por hacer desaparecer a la segunda hija de Antonia Rúa, lo que ocurrió en el mes de junio, y por abandonar a continuación el Reino de Galica. Pues hay que tener en cuenta que, si bien Romasanta no lo logró hasta primeros de febrero de 1852, trabajó en ello seis meses antes, con lo que habría empezado a hacerlo justo después de dar salida a María Rúa.
Una última precisión: las ferias de los 5 y los 24 eran en Chandrexa de Queixa, territorio limítrofe con el de Montederramo. Donde Romasanta dijo a la justicia, Montederramo, eran los días 12 y 28 de cada mes.
5.3 Los restos
Por más que Romasanta y la justicia quisieron hallar alguna prueba de aquellos horribles crímenes que contaba Blanco, jamás la encontraron.
Queda dicho que el espacio que ese escenario ocupa en la Serra de San Mamede es un lugar no extenso, precisamente, bien delimitado, y por lo tanto concreto.
Por ello tuvo que ser peinado minuciosamente por la justicia, y no hay por qué dudar de que si nada se halló fue porque nada había.
Resulta lógico pensar, además, que si a alguien le interesaba hallar siquiera una prueba de aquella increíble historia del hombre lobo, era a Romasanta. Reforzaría su argumento, y habiendo prescindido de cualquier otro y entregado a la causa de la licantropía esperando alcanzar el manicomio redentor, a nadie como a Blanco podía interesar tanto hallar una prueba de aquello a lo que se aferraba.
Por otra parte, jamás Romasanta dijo que a cualquiera de aquellos desgraciados había (habían, contando con los tales Don Genaro y Antonio) dado tierra. Con lo cual los restos de las víctimas desgarradas por aquellas bestias humanas quedarían esparcidos por el monte, a la intemperie y, por ello, a merced de alimañas, primero, y con el paso del tiempo a merced también de los rigores meteorológicos, nieves, lluvias y tormentas, entre otros.
Pero ¿de qué tiempo, de cuánto tiempo, estamos hablando?
Las actuaciones del Juzgado de Allariz comenzaron en septiembre de 1852: un año y tres meses después de la muerte de la última de la lista, María; seis años escasos después de la muerte de las primeras, Petra y Manuela, en el otoño de 1846.
Del más próximo al más distante en el tiempo, la cronología de los crímenes que estableció el relato del propio Romasanta establece la siguiente secuencia:
- María Rúa, muerta en junio de 1851: 1 año y 3 meses antes;
- Josefa García Blanco, muerta en enero de 1851: 1 año y 9 meses antes;
- José Pazos Blanco, muerto en octubre de 1850: 1 año y 11 meses antes;
- Peregrina y Antonia Rúa, muertas en marzo de 1850: 2 años y 6 meses antes;
- Francisco y Benita García Blanco, muertos en marzo de 1847: 5 años y 6 meses;
- Manuela García Blanco y Petra, muertas en el otoño de 1846: 6 años escasos.
Cinco de los nueve a los que Romasanta dijo haber dado muerte en aquellos lugares, murieron no hacía más de dos años y medio de que el buhonero y la justicia estuvieran allí, en As Gorbias y A Redondela, intentando localizar una sola prueba, un sólo hueso, por ejemplo, de aquellos a los que había devorado el lobishome.
En el más reciente, el que cerró la cuenta, el de María Rúa, sólo había transcurrido un año y tres meses. Y no habían pasado dos años todavía de las muertes de José, primero, y luego su madre, Josefa García Blanco.
Ni un hueso apareció, ni absolutamente ningún vestigio de ropa y calzado que llevaran las víctimas cuando fueron atacados por aquel o aquellos que Romasanta decía volverse lobos.
Por mucho que los predadores se cebaran en aquellos restos y las lluvias y el viento se esforzaran en limpiar los lugares de los crímenes, resulta muy improbable que ni un sólo vestigio saliera a la luz de existir, aunque solo fuera por casualidad.
También hay que tener en cuenta que allí donde Romasanta dijo haber dado muerte a sus víctimas no sólo existían alimañas, sino también gentes que iban de un pueblo a otro, a pastorear el ganado y a cualquiera de las no pocas labores que por entonces se daban en aquellos lugares.
No se puede tomar a cualquiera de los parajes donde Romasanta situó los crímenes como lugares exactamente aislados. Puede que inhóspitos, pero por entonces no exactamente alejados y menos extraños a las gentes de aquellos lugares. Lo que hacía que, sin ser lugares concurridos, tampoco contiuyeran garantía alguna de impunidad.
Y sin embargo Blanco no consiguió que la justicia diera más que con un hueso, y, sobre todo, extendidos como estaban tanto las sospechas sobre Romasanta como las indagaciones de la propia justicia, nadie de aquellos lugares dio cuenta de haberse topado nunca con el menor de los vestigios de los crímines del hombre lobo.
5.4. A río revuelto...
Si a las García Blanco y sus hijos y a la Rúa y sus dos hijas Romasanta hubiera querido meter en un barco con los papeles en regla para perderlas de vista en cualquier nuevo mundo de ultramar, no le hubiera resultado difícil hacerlo. Y lo más importante, mucho más barato que a partir de 1853, cuando la Real Orden de la Reina llegaba a estipular que el armador o el titular de la embarcación tenía que depositar una fianza de 320 reales por cada persona que transportaba.
Cosa que, como siempre acababa por suceder, fue pura teoría, como lo eran los 6.000 reales que tenía que depositar cualquier varón cuya edad estuviera comprendida entre los 18 y los 23 años.
Hasta ahí había subido la Reina las tarifas en 1853.
Pero para entonces ya era muy tarde para Romasanta, había sucedido ya demasiado, y, en cualquier caso, para el buhonero lo de pagar o entregar el dinero para que lo hiciera el intermediario tenía que ser poco menos que impensable.
Tan escandaloso y humillante tuvo que ser el negocio que para entonces se había montado con aquellas pobres gentes, que la Reina Isabel II disponía de la siguiente forma:
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"Para conseguir los principales fines con que se dictaron varias leyes y disposiciones vigente sobre el modo de proceder en la concesión de licencias de embarque para los dominios de Indias, y con objeto también de ahorrar diligencias innecesarias gastos indebidos á los españoles que se propongan hacer estos viages, se ha servidos resolver S.M. LA REINA Gobernadora, con vista de lo expuesto por la Sección de Indias del Consejo Real, en acordada de 31 de Julio de este año que se guarden en lo sucesivo las reglas siguientes: [...]
2ª. Que cualquiera particular que haya de trasladarse á ellos desde la Península, haga una sumaria información en expediente gubernativo por ante el Subdelegado de Policía del distrito o partido á que corresponda el pueblo de su domicilio, para justificar que lejos de intentar el abandono de su familia, ha obtenido el competente permiso o beneplácito para el viage; que con él no tata de sustraerse á los procedimientos de ninguna Autoridad, ni de huir del servicio de las armas, ni de evadir con perjuicio de tercero el cumplimiento de obligaciones ó compromisos en que pueda hallarse; que tampoco tiene nota fea, en virtud de la cual pueda considerarse como perjudicial o nocivo en aquellos dominios; y por último, que ningún impedimento racional se opone a que verifique el viage; y que, resultando así, se le expida por el mismo Subdelegado el correspondiente pasaporte, con expresión de haberse llenado dichos requisitos y de no haber impedimento alguno. [...]
3ª. Que estos pasaportes se presenten al Juez de Arribadas, y en su defecto al Comandante militar de Marina, en el puerto donde el viajante haya de verificar su embarque para que lo permita y autorice." |
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La salida de las víctimas de Romasanta no sólo fue ajena a todo esto por haberse producido antes de la promulgación de la Real Orden, sino, sobre todo, porque la sola posibilidad de lograr dinero de la venta clandestina de aquellos de Laza y Rebordechao como mano de obra para cualquier lugar, casa y amos, primaría para el buhonero sobre todo lo demás.
En realidad, los casos de aquellos nueve y el proceder de Blanco y sus intermediarios, eran aquella escandalosa situación que provocó la disposición de 1853 de Isabel II.
Romasanta dijo haberlos llevado a Santander, pero igual pudieron haber sido llevados a Ferrol, donde se constató la mayor salida de emigrantes clandestinos de Galicia, y, sobre todo, los comportamientos de las navieras más despiadados y humillantes, o a Coruña.
Blanco no tenía por qué saberlo y menos por qué importarle. Ni tampoco quienes se hacían cargo de aquellas gentes iban a darle nunca cuenta ni al buhonero ni a cualquiera de los que se dedicaran a captar clientes, de a donde finalmente los llevaban a embarcar.
La trayectoria de los caminos valía para cualquiera de las tres opciones: igual saldrían por tierras de Montederramo hacia las de Caldelas por a Serra do Burgo para luego entrar en la provincia de Lugo, que a Caldelas también podrían llegar por las tierras de Queixa; o por estas evitar las tierras de Caldelas y llegar por las de San Xoan de Río a Montefurado, allí donde comenzara la peripecia de Blanco en 1851 para abandonar el Reino de Galicia.
6. CONCLUSIONES
No puede establecerse que lo que les ocurrió a aquellos nueve, las García Blanco y sus hijos y la Rúa y sus dos hijas, fue que fueron a parar a territorios de ultramar mucho más allá del Santander u Ourense que Blanco Romasanta les prometiera.
La consumación de este hecho sólo podría lograrse entonces con la aparición de cualquiera de ellos en cualquier lejana parte de los escenarios por entonces manejados. Nada ha cambiado aquí: la consumación de este hecho hoy, sólo podrá lograrse con la aparición de cualquiera descendiente de aquellos de los que nunca más se supo en cualquier lugar ajeno a los escenarios que la justicia y todas las pesquisas manejaron.
En su momento, la justicia no indagó por esta vía. Y si entonces no se hizo, lograr algo siglo y medio después se antoja complicado y, sobre todo, muy a merced de la casuística.
No puede establecerse que Blanco Romasanta vendió a los García Blanco y a las Rúa a cualquier contacto o enganche de los que en aquella época recorrían los territorios más remotos de la Galicia más profunda a la procura de mano de obra barata, pero es tan cierto que tales existían como muy probable que Romasanta supiera del negocio y conociera a más de uno de ellos.
Con la misma rotundidad que la justicia descartó que Blanco fuera un hombre lobo, también descartó que devorara a sus víctimas en compañía de los tales Don Genaro y Antonio. Y, en consecuencia, que ambos estuvieran poseídos del mismo maleficio del que el buhonero decía ser presa.
Pero no puede descartarse ni que hubieran existido ni que fueran parte de esa trama conducente al negocio del estraperlo clandestino de gallegos a territorios de ultramar.
No pudo la justicia establecer la existencia de cadáveres por no dar con resto alguno de ninguno de los nueve. Y el hecho de que por ser la Ley la que era permitía hablar de “víctimas” bastando la sola confensión del reo y el hecho de no hallar vivos a los desaparecios, no aclaró nada de si realmente Blanco llegó a matarlos como dijo.
Por contra, la denomianda estrategia de ruptua si encaja perfectamente con la personalidad descrita en el informe que hicieron médicos y forenses de Allariz al principio de la causa: frío, calculador, ni lelo, ni loco rematado...
Y es razonable y coherente sostener que lo que Blanco Romasanta buscaba era un internamiento en el psiquiátrico más próximo en vez de una cadena perpetua en territorios de ultramar con una bola asida a un pié para el resto de su vida. Eso en el menos malo de los casos.
La justicia no logró establecer la existencia de cadáveres por no dar con resto alguno de ninguno de las nueve víctimas. Pero ni entonces ni en todos los años transcurridos durante siglo y medio hasta hoy, siquiera la casuística produjo un sólo resultado de hallazgo de cualquier vestigio al respecto.
Es razonable y coherente dudar de que tales cadáveres existieran, tratándose además de una zona relativamente bien delimitada, incluso no amplia, y, aunque un tanto inhóspita, por entonces bastante transitada.
Como es de todo punto congruente establecer que a Romasanta no le tenían por qué bastar los reales que sacó de la venta de aquellos trapos que llevaban las víctimas, e incluso de las haciendas que malvendió por la vía rápida en los casos de la Rúa y una de las García Blanco.
Sin poder establecerse que así fue, sí se establece que el gran negocio habría sido venderlos para el expolio de gallegos, asturianos y canarios que en aquella época acabó por hacer saltar las alarmas del Gobierno y prumulgarse la Real Orden de 1853.
Tan probable que el buhonero sabría de ello, como queda dicho, es razonable pensar que su codicia iría mucho más allá de aquellos reales obtenidos por la venta de los bienes de sus víctimas, ropas y otros efectos, ante un negocio clandestino que ni pasaba por la imaginación de aquellos que por no saber desconocían incluso los días de camino que mediaban desde Laza a Santander.
Un negocio rápido, limpio y seguro con sólo desaparecer del escenario de los hechos como Romasanta lo hizo cuando salió de Galicia con pasaporte falso: se había esfumado como lo habían hecho los García Blanco y las Rúa.
Es tan curioso como la justicia se mostró siempre firme en negar a Romasanta el objetivo principal de la que se sostiene que era la estrategia del buhonero, que se le declarara loco, como resulta no menos curioso que en el largo proceso judicial seguido contra El Hombre Lobo de Allariz jamás la justicia se apartó de las pistas que Romasanta le aportó y a las que quiso que la justicia se ciñera. Por lo tanto, sin abrir cualquier otra vía, opción, alternativa o explicación a lo que se trataba de esclarecer.
Para concluir, se reitera que el objetivo de este trabajo y de la teoría de la “3ª vía: ni lobo ni criminal” es la de que Blanco Romasanta no tuvo por qué siquiera haber dado muerte a las víctimas. Y que si los defensores de la existencia del fenómeno licantrópico basan que tal fenómeno se dio o pudo darse sobre todo en la inexistencia de cualquier tipo de pruebas, la sola posibilidad debidamente fundamentada de que la emigración, en cualquier de sus formas, pudiera haber sido utilizada por Blanco Romasanta entre los años 1846 y 1851, aporta otra explicación (vía), además de la del fenómeno licantrópico, a la desaparición de las víctimas sin la necesidad de producirse su muerte, al tiempo que la imposibilidad de hallar cualquier tipo de prueba en forma de restos porque no habría cadáveres.
Se concluye, por tanto, que Blanco Romasanta pudo haber utilizado la emigración para dar salida a aquellos desgraciados y materializar los propósitos de hacerse con sus bienes, porque el fenómeno migratorio existía y Romasanta lo conocería y estaría en condiciones de hacer un uso de él.
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